sábado, 9 de diciembre de 2017

de pestañas para arriba

Lo odiaba. Lo odiaba tanto que intentaba adelantarme a su crecimiento, erradicar cualquier rastro previo a la lluvia. Lo odiaba porque ensuciaba la belleza que había debajo. De veras pensaba que ensuciaba la belleza que había debajo. 

Cera, cuchillas, pinzas, crema, láser, maquinilla, decolorante. 
Cera, cuchillas, pinzas, crema, láser, maquinilla, decolorante. 

Piel de niña en cuerpo de mujer. Suavidad, tersura, perfección de carne de bebé, en un cuerpo con carne adulta. Todos, me decían, prefieren el pelo de pestañas para arriba y nada más. Cumplir con la fantasía por miedo. Siempre cumplía y mis poros sangraban por miedo.

Entonces, al enfermar, lejos del sexo y de la vida, el pelo me fue abandonando: 

axilas, pubis, cabeza, cejas, pestañas, brazos, piernas.
axilas, pubis, cabeza, cejas, pestañas, brazos, piernas.

El pelo me fue abandonando, el poco color que mi piel contenía también. Sentía la sangre estancarse, coagularse. La sentía sólida y seca en mí, quieta, demasiado quieta. El pulso irregular, vago, cansado. El pulso que pasaba de puntillas, para no molestar. Podría haber metido los pies en una maceta, dejarme enraizar, marchitarme dentro de la vegetación interior.

Pero pasaron meses, ahogos, y un día el pelo volvió tímidamente. Porque el sexo y la vida siempre vuelven, cuando no te dejas morir, no del todo. Mis ingles, axilas y piernas volvieron a sombrearse y no quise arrancarlo. Quise aferrarme a él.

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